Órbita Laika: el descenso de un gran programa por una pésima planificación

Escrito por Nacho Requena
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Dice el refranero popular español que “cuando algo va bien, ¿para qué cambiarlo?”. Es conocido por todos y nuestras abuelas nos lo repetían hasta la saciedad, pero parece que a los directivos de TVE no se lo contaron demasiadas veces. ¿Por qué decimos esto? Es sencillo: tenían un gran programa de divulgación científica, Órbita Laika, con una cuota de pantalla bastante notable para ser un domingo y en La 2. Pero lo cambiaron de día.

Fue una explicación que nadie entendió, ni la audiencia ni los propios integrantes de Órbita Laika. ¿Por qué se mueve el formato de día si los domingos estaban funcionado bastante bien incluso para la hora en el que se emitía (23:00 horas)? Nadie daba crédito a TVE, que no dudó en trasladar el espacio hasta la franja de los miércoles a eso de las 23:30 horas. “Encima de burro, apaleado” (para seguir tirando del refranero).

“A la mierda mi último gramo de esperanza de que una televisión cuidara un programa”, decía Ángel Martín, presentador de Órbita Laika, en su cuenta personal de Twitter. Y razón no le ha faltado vista la audiencia lograda con los primeros seis programas de esta temporada, es decir, casi la mitad del total: 193.000 espectadores y y 1,3 por ciento de cuota de pantalla obtuvo el último de ellos (miércoles 28 de octubre de 2015).

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Comparemos datos

Las comparativas siempre son odiosas, y más si estas se realizan consigo mismo. Si comparamos la primera temporada de Órbita Laika con la segunda, la audiencia de la primera no tiene nada que ver: el espacio cerró su primera temporada con una media de casi 450.000 espectadores y un 2,4 por ciento de cuota de pantalla (con récord histórico en el octavo programa, de doce, con 541.000 seguidores y un 2,8 por ciento de share). Los datos de esta temporada casi nunca llegan al 2 por ciento y tiene suerte si sobrepasan los 200.000 espectadores.

Una decisión irrelevante, incomprendida y con poco rigor televisivo, ya que mandará el programa al ostracismo. A ese baúl donde siempre se envía lo que no funciona, aunque a veces el juguete sí que servía, sólo que su poseedor era demasiado torpe para hacerlo funcionar.

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