Crítica: Sicario, una lección de fuerza ante la cámara

Escrito por Nacho Requena
Cine
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La cámara tiene magnetismo. Es como un imán capaz de atraer lo mejor y lo peor a partes iguales. Cuando los elementos que cerca son negativos, el producto es malo, poco elaborado y el público suele percatarse rápido de cada fallo ocasionado. En cambio, cuando es positivo, el imán cobra fuerza y resalta los recursos que va captando, en este caso los actores. Existe una simbiosis entre cámara y actor. Y eso ocurre en Sicario.

Sicario cuenta una de esas historias que vemos cada día en los diferentes informativos, aunque siempre de manera superficial. Y decimos que la observamos de manera superflua porque el espectador debe componer adecuadamente el puzzle y darle forma, ya que de lo contrario la pieza se quedaría en un simple hecho noticioso más.

Cuando leemos que en México ha aparecido una serie de cuerpos mutilados o colgados de un puente, siempre se centra la atención en los cárteles de la droga mexicano, pero nunca se suele dar importancia a cómo la policía es corrupta en numerosas estamentos o cómo las fuerzas de seguridad leales se saltan las leyes. Esta visión, precisamente, es la que nos quiere transmitir -y lo consigue- el director canadiense Denis Villeneuve.

La trama arranca en la zona fronteriza sin ley que se extiende entre Estados Unidos y Mexico, donde Kate Macer (Emily Blunt), una idealista agente del FBI, es reclutada por Matt Graver (Josh Brolin), un oficial de las fuerzas de élite gubernamentales, para ayudar en la creciente guerra contra las drogas. Liderado por Alejandro (Benicio Del Toro), un enigmático consultor con un pasado oscuro. Esta es la sinopsis sobre la que se mueve el trío de protagonistas, donde uno se come vilmente la cámara: Benicio del Toro.

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Maestría

No es fácil que un actor cautive delante de una lente. Puede cumplir, como suele ser habitual, pero el magnetismo al que hacíamos referencia en el primer párrafo hay que buscarlo. Ganárselo. ¿Cómo? A través de la experiencia, de las tablas sobre el “escenario”. En este caso en concreto, Benicio Del Toro está muy por encima del resto de compañeros. Sabe interpretar con facilidad y soltura el rol otorgado, y eso se capta en cada minutaje de película.

Uno puede pensar que el papel que Villeneuve le da viene hecho a medida, pero del dicho al hecho hay un trecho, como diría nuestro refranero popular. Del Toro observa, analiza y absorbe los rasgos de su personaje, un antiguo abogado, metido ahora en la lucha militar, que no enseña sus cartas. Nunca se sabe de qué lado juega, y esa falsa máscara es la que precisamente sabe interpretar con una facilidad pasmosa, hasta tal punto que asusta.

Esta autosuficiencia ante la cámara tiene un elemento negativo, que no es otro que la propia Emily Blunt. Se podría decir que ella es la protagonista de Sicario, no cabe duda, pero su personaje se ve empequeñecido al lado del de Alejandro. Si a eso se le añade el handicap -en este caso virtud- de que Del Toro es una bestia ante el objetivo, la propia Blunt pasa de ser protagonista a una mera secundaria con bastante participación.

Crítica: Sicario, una lección de fuerza ante la cámara

No es culpa suya, obviamente, sólo que hay dos roles muy marcados en la obra: el de Marcer, que no sabe dónde se mete, y el de Alejandro, que conoce perfectamente en qué está involucrado en ese preciso instante. Esta dicotomía se siente en el argumento, de dos horas de duración aproximadamente. Por lo general, la cinta tiene un ritmo aceptable, pero le sobra metraje -quizás treinta minutos- para hacerla realmente adictiva.

Esto es una pequeña crítica dentro de lo excelsa que es la producción, una de las mejores de acción-drama-thriller que hemos recibido en este 2015. Es cruda, realmente dura. Ofrece una visión no distorsionada de la realidad, esa en la que unos pandilleros son abatidos y al día siguiente nadie se acordará de ellos, o el de las brutalidades que los cárteles de la droga mexicana realizan a lo largo y ancho de Juarez.

Crítica: Sicario, una lección de fuerza ante la cámara

Cada plano, cada secuencia, tiene mimo. Y eso se agradece. Es una lección de fuerza ante la cámara, un ejemplo de producto pulido en todas sus aristas, desde el primer plano hasta el montaje, notablemente realizado y con el acompañamiento de una banda sonora de excepción (Jóhann Jóhannsson a la batuta, nada mal).

Sicario es un juego de tensión, donde la dualidad emociones-acción hace acto de presencia con gran celeridad. Como la vida misma: nadie se queda a contemplar una trifulca, la acción se desarrolla en cuestión de segundos, pero la llegada hasta ese punto es lo que eleva a Sicario de película del montón a una de visionado obligatorio. Al fin y al cabo, baja con frialdad hasta la condición más infrahumana del propio ser, haciéndolo partícipe de las barbaries que comete. Y da igual el bando.

Desconocemos cómo funcionará Sicario en taquilla, pero es una de esas piezas que merece un reconocimiento del público en forma de asistencia. Y amor a Benicio Del Toro. Mucho.

Crítica: Sicario, una lección de fuerza ante la cámara