Crítica de Creed: honrando la memoria de Rocky Balboa

Escrito por Nacho Requena
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Para los que nacimos en la década de los Ochenta, Rocky Balboa fue nuestro héroe particular, al igual que Goku, Chicho Terremoto u Oliver y Benji. Raro era el año que la cadena pública -véase TVE o Canal Sur- no emitía la correspondiente versión del “Potro italiano”. Gracias a ello, el boxeo entró en nuestras vidas de manera velada y fílmica, un discurso soterrado bajo cierto prisma político -el de la Guerra Fría- y con fuerte ánimo de superación.

Rocky se metió en las casas… y su leyenda se agrandó. Fue así como se llegaron a producir hasta seis películas basadas en el afamado boxeador, pero la sorpresa vino hace unos años: se iba a realizar un spin off. La noticia fue recibida con cierto recelo, ya que suponía seguir explotando una saga que estaba bastante estancada (y quemada). Sin embargo, bendita sea esta secuela espiritual: Creed es lo mejor que le ha pasado a Rocky Balboa desde su primera cinta allá por 1976.

Adonis Johnson no llegó a conocer a su padre, el campeón del mundo de los pesos pesados Apollo Creed, que falleció antes de que él naciera. Sin embargo, nadie puede negar que lleva el boxeo en la sangre, por lo que pone rumbo a Filadelfia, el lugar en el que se celebró el legendario combate entre su padre y Rocky Balboa. Una vez allí, Adonis busca a Rocky y le pide que sea su entrenador. A pesar de que este insiste en que ya ha dejado ese mundo para siempre, Rocky ve en Adonis la fuerza y determinación que tenía su enconado rival, y que terminó por convertirse en su mejor amigo. Finalmente, acepta entrenarle a pesar de estar librando su propio combate contra un rival más letal que cualquiera a los que se enfrentó en el cuadrilátero. (FILMAFFINITY)

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Jab-Cross hacia la espina emocional

Balboa contra Creed. Sólo de pensarlo a uno se le erizan los pelos. No era la batalla del siglo: era la batalla de nuestra historia. Los dos púgiles dándose golpes hasta la extenuación, pero por encima de todo había una amistad que perdurará mientras exista esta bendita pasión llamada cine.

Este lazo emocional entre los dos boxeadores es el auténtico punto de partido de Creed: el gran Apollo tuvo un hijo “bastardo”, un crío que tiene una vida cómoda y con todo tipo de lujos, pero cuya única pasión es el boxeo. Este amor hacia la disciplina de su padre es lo que le lleva hasta Balboa con una solicitud: “Quiero que me entrenes”.

Bajo esta premisa parte Creed, y lo hace con una idea preconcebida que paulatinamente se va diluyendo. Sí, la idea es esa de explotar la figura de Rocky, de seguir usándola como en películas anteriores. Pero no, no lo es, hasta tal punto que podría pasar a un plano terciario. El protagonista es Adonis “Creed” Johnson. O lo que es lo mismo, un Michael B. Jordan sensacional.

Creed La Leyenda de Rocky

Quién nos iba a decir que después de participar en la infumable Cuatro Fantásticos, Jordan se iba a marcar este papelón. Se ha curtido físicamente y, lo que es más importante, a nivel actoral. Se muestra convincente ante la cámara y con seguridad. Y eso se le transmite al espectador.

Para ello está acompañado de uno de los mejores Sylvester Stallone que se ha visto en una gran pantalla. Cierto es que el registro del otrora Rambo no es heterogéneo y diverso, pero en Creed se acerca a un nivel de interpretación que no habíamos presenciado en Stallone. Ahora entendemos su nominación al Oscar -y, por qué no, que lo gane.

Crítica de Creed: honrando la memoria de Rocky Balboa

La película dirigida y guionizada por Ryan Coogler sabe manejarse con soltura durante las dos horas de metraje que dura. No aburre, no cansa, mantiene pegado a la butaca gracias a las pequeñas dosis de motivación que se van introduciendo, además de un concepto clave: no suele ocurrir lo que debería ocurrir -y perdonad la redundancia-. Esto, quizás, es su sello, ya que se podría haber hecho una producción maniqueísta y con un discurso muy scriptado, pero Coogler ha apostado por salirse de ciertos parámetros para jugársela. Y le ha salido cojonudo.

Creed es lo mejor del Rocky Balboa de 1976, es decir, la sensación de estar descubriendo a un nuevo luchador con cotas muy altas. Peleas donde no siempre se gana y donde la lección más importante es la de adquirir experiencia. Y hablando de combates, mención especial al primer gran enfrentamiento de Creed, rodado en un único plano secuencia y digno de mostrar en las escuelas de audiovisual para onanismo propio de los alumnos.

Larga vida al nuevo Creed.

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